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PARADORES

La historia de la torre que cambió para siempre el perfil de Cáceres

A los pies de una adoquinada y distinguida calle del casco histórico de Cáceres se yergue un Parador que combina la placidez ajardinada con la elegancia (y modernidad) caballeresca de un palacio del siglo XV.

Kino Verdú

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La mañana luce soleada, primaveral. Qué mejor momento para gozar de la apacible tranquilidad del patio. Es coqueto, constelado de mesas, sillas, robustos árboles, un pozo y una pequeña fuente que con su murmullo constante teje una manta de paz sobre el espacio.

Este patio, que es la joya escondida del Parador, invita a perderse en sus rincones. Cada detalle, desde el antiguo pozo hasta la antañona puerta que se abre a la calle, evoca un encanto especial e invita a que cualquiera (con inquietudes y ganas de relax y tomar algo) se cobije bajo la sombra de sus naranjos.

Una manera estupenda de empezar antes de descubrir los rincones y ‘secretos’ de este palacio-fortaleza

Se acerca la hora de comer y el ajetreo culinario aparece en todo su esplendor, porque el Parador de Cáceres es uno de los mejores destinos para disfrutar de la gastronomía de la región, de la ciudad, de Extremadura. Una manera estupenda de empezar, antes de descubrir los rincones y ‘secretos’ de este palacio-fortaleza. El primero de la Red de Paradores en ofrecer servicio de vino en copas, algo que hasta ahora se hacía exclusivamente por botellas. Una anécdota suculenta que demuestra el cariño con el que aquí se tratan todos los asuntos del apetito y que mejora y personaliza la experiencia de los comensales, al querer reflejar sus preferencias en el servicio.

“La gastronomía es muy importante porque al final nuestros vecinos (los cacereños) se enfadarían si no estuviéramos a su altura”, confiesa José Menguiano Corbacho, Don José, director del Parador de Cáceres desde hace ocho años (también lo es del de Trujillo). Es un Parador amable y cálido por sus dimensiones, 39 habitaciones que, al igual que el resto de estancias, rincones y salones, dibujan una atractiva y magnética mezcolanza de elementos históricos con detalles y vislumbres contemporáneos, todo aunado con un exquisito gusto, el agradable influjo del equilibrio.

Antes hemos comentado que el Parador de Cáceres ocupa un palacio… en realidad son tres edificaciones, pongamos orden. Es un conjunto armoniosamente integrado por el Palacio de los Marqueses de Torreorgaz y otro contiguo, la Casa de los Ovando-Mogollón y Perero-Paredes. El origen, el ‘dinamizador’, es el primero de ellos. Estupenda muestra de la arquitectura civil cacereña de los siglos XV y XVI, enclavado en la zona intramuros de la ciudad. Más orden. Se construyó sobre un edificio anterior propiedad de Diego García de Ulloa, Comendador de Alcuéscar, reformado posteriormente en los siglos XVI y XVII. Fruto de esta última e histórica remodelación es la fachada principal, vestida con una amplio friso de triglifos y metopas aliñada con los escudos de las familias Ulloa y Carvajal… de hecho, vislumbrará un puñado de escudos por todo el Parador, dentro y fuera.

Y es aquí cuando entra en la historia del Parador de Cáceres la reina Isabel la Católica. Con el fin de poner orden, imponer su autoridad y en desquite ante la postura mayoritaria de los nobles de la ciudad, partidarios de Juana la Beltraneja en la sucesión al trono de Castilla en detrimento de Isabel, promulgó una ordenanza por la que obligaba a desmochar esta torre y otras tantas de la ciudad. Eso implicó despojarla de sus almenas y con ellas, de su carácter defensivo. Con ello se acabó el conflicto y se otorgó una nueva imagen al perfil de Cáceres, declarada Patrimonio de la Humanidad, que encuentra en esta torre una de las mejor conservadas de toda la villa.

Van del gótico al renacentista, pasando por el neoclasicismo

Dejamos la atalaya a un lado y a lo largo de dos plantas se suceden, con epidermis que van del gótico al renacentista, pasando por el neoclasicismo, los distintos espacios del Parador. Zaguanes (unos abovedados, otros no), patios interiores sobrevolados por arcadas, artesonados de madera, ladrillo visto, dos geniales cuadros del gran Manolo Valdés, los pórticos (da gusto rodear el que abraza el segundo piso), una lápida romana dedicada a Lucio Julio Verna (otra de las joyas de la casa), escaleras que suben y bajan, muros livianos (modernos), muros musculosos (antiguos), un salón para quedarse a leer bajo el influjo de la chimenea y de sus sofás y sillones más que apetecibles y, sí, otro tesoro, la habitación 201, espectacular, con esa techumbre con bóvedas de arista y artesonados de madera.

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Quizás sea ese hermanamiento de casas nobles y el palacio lo que imprime carácter al Parador de Cáceres, sí, una distribución laberíntica, intrincada en el que el orden los ponen los huéspedes… Qué gusto perderse por sus rincones, convertidos en Parador en 1989 y que, tras una amplia reforma en 2011 (esa modernidad de la que hablábamos), luce regio y disfrutón hoy en día.

Regresamos al punto de partida: al patio jardín al aire libre, que va haciendo hambre. Nos sentamos, otra vez, a la vera de un castaño de Indias y de un frondoso laurel.

Las recomendaciones de los que más saben...

CAMARERA DE PISO

Sara Moreno

Trabajador en el Parador de Cáceres

RESPONSABLE COMEDOR

Manuel Recio

Trabajadora en el Parador de Cáceres

AYUDANTE DE RECEPCIÓN

Luis Manuel Pasan

Trabajador en el Parador de Cáceres

En el corazón del arte

Cáceres es una ciudad que combina dos sabores, diferentes y a la vez complementarios, como un exquisito cóctel artístico: de lo contemporáneo a lo antiguo, todo a un paso del Parador. De hecho, el propio Parador forma parte de esa Ruta del Arte que el ayuntamiento está promoviendo con el fin de dar a conocer las riquezas culturales de este enclave extremeño. Tomen nota. Comenzamos en el Palacio de los Golfines (Fundación Tatiana), que oculta una extraordinaria colección de arte, libros, legajos, muebles e inmuebles relacionados con la Historia de España, además de promover un sinfín de iniciativas culturales; la Fundación Mercedes Calles-Carlos Ballestero, ubicada en el Palacio de los Becerra (siglo XV), y su incansable programación de exposiciones de arte moderno, contemporáneo, moda…; y el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear, una casa palacio que alberga una colección de arte contemporáneo referente a nivel internacional.

Un soplo de aire puro

El Parador de Cáceres ejerce de idílico cuartel general para adentrarse en los espacios naturales que germinan alrededor de la ciudad. A un paso, el estupendo Parque Nacional de Monfragüe, surcado por infinidad de senderos y vigilado por una gran variedad de aves rapaces. Al norte, cerca de Salamanca, se despliegan Las Hurdes, con ese mágico paisaje salpicado de una excelente arquitectura tradicional de construcciones de pizarra. El Valle del Jerte, Reserva Natural, patria de las cerezas, situado en la vertiente sur de la Sierra de Gredos y tapizado de cascadas, marmitas y saltos de agua, entre las que despuntan Los Pilones y la Garganta de los Infiernos. El Parque Natural de Los Barruecos, muy cerquita de Cáceres, declarado monumento natural por la Junta de Extremadura en 1996. En fin, hay tantos enclaves… los Canchos de la Silleta, Cabañas del  Castillo, Aliseda, Castañar de San Martín (el más extenso de Extremadura) o el Chorro de la Meancera, reconocido como Lugar de Interés Científico (en la comarca de las Hurdes).

Hoy comemos...

Francisco Romero Domínguez es el capitán de los fogones. Nacido en Malpartida de Cáceres hace 46 años, es el Presidente de la Asociación de Cocineros de Paradores desde el pasado mes de febrero. Embajador de los productos gastronómicos extremeños (su pueblo es conocido por la morcilla patatera), nos cuenta que el concepto de la cocina de su región es “muy humilde, salvo el jamón y demás productos del cerdo ibérico; somos muy ricos en quesos, de hecho aquí servimos cuatro Denominaciones de Origen de Extremadura; también en vinos jóvenes, con bodegas que están apostando por la modernización; picotas, pimentón de La Vera…”. En la carta sobresalen el bacalao (herencia de la cercana Portugal), algunos platos de procedencia sefardí, ya que Cáceres pertenece a la Red de Juderías, las migas pastoriles, la patatera, el zorongollo (pimientos asados, aliñados), jamón ibérico de la Dehesa de Extremadura (“que no lo puedo quitar de la carta”), la Torta del Casar, la pluma ibérica, elaborada con, precisamente, Torta del Casar, ensalada de naranja y bacalao o el bacalao estilo Yuste (esas influencias monacales). La orilla dulce refulge con la Técula Mécula (manteca de cerdo, almendra y miel), higos rellenos de chocolate o natillas del convento. Es necesario resaltar la morcilla patatera, producto al que Francisco Romero ha dedicado un libro: “Es un embutido que no lleva sangre, sino patata y gordura del cerdo ibérico, ajo y pimentón de La Vera. Desde que se elabora, en dos semanas se puede consumir. Está la achorizada, la calabacera, el farinato, las comineras… según la zona la patatera tiene sus versiones”.  En el Parador de Cáceres la pueden probar, por supuesto, incluso en formato  de tortilla abierta con cebolleta fresca (“que está funcionando muy bien”). Da gusto leer también las sugerencias enológicas, muy enfocadas a los vinos extremeños: “Al no ser un Parador grande –nos confiesa Francisco–, yo lo considero sobre todo como un restaurante con habitaciones, la parte gastronómica es muy importante, además estamos a pie de calle, la terraza del jardín llama mucho y tenemos muchos clientes de paso”.

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Créditos

Estrategia de contenidos: Pablo Martínez.

Fotografía: Pablo Garcia Sacristán.             

Redacción: Kino Verdú .                   

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Factory, la unidad de contenidos de marca de Vocento, con Paradores. En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio.