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El renacer de tres hogares a 3.800 kilómetros de casa
Dos años invasión rusa

El renacer de tres hogares a 3.800 kilómetros de casa

Iryna, Anatolii y Nadiya y Natalia llegaron hace casi dos años a esta localidad del Bierzo casi con lo puesto y escapando del horror de la guerra, donde todavía continúan muchos familiares

Esther Jiménez

Ponferrada

Sábado, 24 de febrero 2024, 09:19

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Un 24 de febrero de hace dos años la vida cambió para 43 millones de ucranianos con el estallido del conflicto armado y el ataque de las tropas rusas al país. Un día que no se borra de las memorias de muchas personas que pudieron escapar de la guerra, como es el caso de las familias refugiadas en la localidad de Fabero, y que aunque están intentando rehacer su vida en el Bierzo no pueden y no quieren olvidarse de todo lo que sigue ocurriendo en su país, sobre todo porque tienen muchos seres queridos allí.

Es el caso de Iryna Menkova. Llegó a Fabero hace casi dos años con su hijo Vladyslav y su madre Tetiana. En Cherkasy, una gran ciudad de más de 200.000 habitantes al sur de Kiev, dejó a su marido y a su hermano. Intentan hablar con ellos todos los días «y nos dicen que hay muchos bombardeos, mucha gente muerta», asegura en el poco español que ha aprendido en este tiempo porque cree que es un idioma «muy difícil».

Iryna Menkova (centro), con su hijo Vladyslav (d) y su madre Tetiana (i) en su residencia de Fabero.
Iryna Menkova (centro), con su hijo Vladyslav (d) y su madre Tetiana (i) en su residencia de Fabero.

Ellos mismos lo ven a través de las noticias en sus teléfonos móviles y las redes sociales también se han convertido en su medio para saber de sus amigos y conocidos. «Hablo con una amiga que fuimos juntas al instituto y me dice que varios compañeros han muerto en la guerra, muy triste», señala casi entre lágrimas.

Iryna reconoce que está siendo un periodo «difícil», sobre todo porque han vuelto a pasar fechas muy señaladas lejos de sus seres queridos que lo están pasando muy mal en Ucrania. En concreto Navidad y Nochevieja, que fueron jornadas «muy duras» en su país.

Comunicación constante

«Hablo con una amiga que fuimos juntas al instituto y me dice que varios compañeros han muerto en la guerra»

Iryna

Un país que abandonó con lo puesto, sin ropa y con su material de trabajo -se dedica a hacer la manicura- como únicos enseres. De ese día recuerda oír las sirenas y llamar a su marido, que trabajaba de noche, y que no le funcionaba el teléfono. Y tras mucha angustia fue su marido el que les dijo que cogieran lo que pudieran y se fueran. Se fueron en tren primero, donde caían «muchas bombas», y luego en Polonia cogieron el autobús. En total, una odisea de 11 días hasta que llegaron a su nuevo destino, España.

Totalmente «desubicados»

Al llegar aquí se encontraron totalmente «desubicados» porque no sabían nada de español pero Iryna destaca la amabilidad de la alcaldesa de Fabero, Mari Paz Martínez, «que nos ha ayudado mucho». En estos casi dos años, Iryna, Vlad y Tetiana se han ido adaptando poco a poco a un país y a una cultura diferente. Poco a poco están aprendiendo el idioma y aseguran sentirse muy queridos en Fabero.

Iryna trabaja haciendo lo mismo que en su país, manicura y pedicura, algo que hace desde su casa y que tiene momentos de «mucho trabajo», como Navidad o el verano. Su hijo Vlad tiene 15 años y está matriculado en el IES Beatriz Ossorio, «me gusta aquí, en el instituto tengo muchos amigos y mucha ayuda para mí», indica un Vlad tímido que «poco a poco» va aprendiendo español. Su madre, Tetiana, es la cocinera de la casa, lo que complementa con largos paseos por el monte.

Iryna Menkova (c), con su hijo Vladyslav (d) y su madre Tetiana (i) en su residencia de Fabero.
Iryna Menkova (c), con su hijo Vladyslav (d) y su madre Tetiana (i) en su residencia de Fabero.

Los tres están ahorrando para poder comprarse un coche y viajar y conocer España. Por el momento ya han visitado León, «muy bonito», A Coruña, «madre mía» y Madrid «muchísima gente, muchísimos coches», afirma Iryna, que destaca la tranquilidad de Fabero, así como su clima. Por ello, quiere que su marido y su hermano vengan para aquí cuando puedan, algo que «es imposible por el momento, los chicos no pueden salir del país» y aunque ya han pasado dos años «no veo que vaya a parar».

«Estamos muy contentos en Fabero»

Iryna y su familia son vecinos de Anatolii Khomenko y Nadiya. Todos ellos viven en las casas de los antiguos vigilantes del Pozo Julia, donde poco a poco están reconstruyendo su hogar. De hecho, Anatolii asegura que «estamos muy bien, muy contentos en Fabero». «Yo tengo trabajo, escuela, vivienda, todo bien», añade en español haciendo un esfuerzo por hablar el idioma.

Él, Nadiya, y sus hijos Inna, Anatolii y Polianna vivían en Chornobai, con unos 11.000 habitantes, por lo que se han adaptado bastante bien a una localidad como Fabero. Su mujer y sus hijos llegaron a España semanas antes que Anatolii, que pudo salir del país a pesar de ser hombre y joven y ayudó a otros ucranianos a abandonar el país con su furgoneta.

Anatolii junto a su esposa Nadiya y sus hijos Inna, Anatolii y Polianna.
Anatolii junto a su esposa Nadiya y sus hijos Inna, Anatolii y Polianna.

Atrás dejaron esos días de incertidumbre, aunque como el resto, no olvidan a los que se quedaron, en su caso los padres y dos hermanas de Anatolii y la madre, los hermanos y primos de Nadiya. «Sí, mucha familia todavía, hablamos una vez a la semana. Nos cuentan que está todo más o menos igual que hace casi dos años», comenta Anatolii.

Realizan cursos online para poder aprender el idioma, que fue la principal barrera que se encontró Anatolii en el trabajo, y, como Iryna, consideran que es «muy difícil, muy diferente al ucraniano» pero van «poco a poco». De hecho, está empleado en Excarbi, una empresa de conservación, y asegura que la adaptación «fue bastante fácil», «la única diferencia el idioma, aquí español, allí ucraniano, el resto lo mismo».

Sus hijos también se han adaptado muy bien al colegio. La mayor, Inna, que tiene 9 años, habla bastante bien español y, con una gran sonrisa, comenta que los niños son buenos con ella, que su mejor amiga se llama Carla y que lo que más le gusta de todo es «religión y jugar». Por su parte, Polianna tiene 4 años y tiene Síndrome de Down pero sus padres destacan que «aquí está muy bien para ella», gracias a Asprona Bierzo, «que nos están ayudando mucho», y a que en el colegio va a clase con el resto de los niños, «en Ucrania no».

Miedo y preocupación

«Hablamos una vez a la semana. Nos cuentan que está todo más o menos igual que hace casi dos años»

Anatolii

Anatolii y su familia visitan cada domingo Oviedo. Allí hay una importante comunidad de ucranianos, con su propia iglesia, «somos cristianos», asegura, y aunque consideran que es una ciudad «muy bonita y con mucha gente», prefieren Fabero. «Aquí buena gente, supermercado, escuela, trabajo, todo para vivienda… que más quieres», explica.

A pesar de todo, no tienen claro si quieren volver a Ucrania o quedarse en el Bierzo. Por el momento tienen claro que no porque la situación en su país «es delicada». «A ver si en cinco años hablo bien y entiendo bien, dos años es poco», concluye.

«Ha sido difícil cambiar una ciudad por un pueblo»

En una vivienda del poblado Diego Pérez residen desde hace casi dos años Natalia, Alina y Katerina, una madre y sus dos hijas para las que la adaptación a un nuevo país y una localidad pequeña como Fabero ha sido más complicada, sobre todo al pasar de una ciudad de 270.000 habitantes como Cherkasy a un pueblo de poco más de 4.000.

Alina hace de traductora. Tiene 21 años y en este tiempo en España ha conseguido hablar muy bien el idioma porque reconoce que no para. Sigue estudiando como puede su carrera, Historia y Arqueología, y no ha parado de hacer cursos tanto de español como de estética «por si acaso hay alguna vacante y es que si puedes hacer algo con las manos puedes trabajar de lo que sea». «Son muchos cursos, mucha práctica, hablo con mucha gente y acabo de trabajar de camarera», afirma convencida.

Natalia (d), Alina (i) y Katerina (c), la madre y sus dos hijas.
Natalia (d), Alina (i) y Katerina (c), la madre y sus dos hijas.

Quiere terminar sus estudios que comenzó en Ucrania pero no sabe si podrá hacer online «un gran examen» y sino, «voy a buscar salida para acabar allí». Lo que tiene claro es que quiere empezar a estudiar otra carrera en España, pero como muy lejos en Ponferrada porque no quiere volver a cambiar de ciudad.

Su madre, por su parte, está buscando trabajo en la actualidad. Hace poco se le terminó el contrato en un restaurante de Vega de Espinareda, y «no sabemos si volverá». En Ucrania era comercial de una empresa de pasteles y en Fabero es la que cocina en su casa.

Katerina es la más tímida y callada de las tres. Entrena a tenis todas las semanas pero no entiende mucho español y en este tiempo en el Bierzo no ha conseguido hacer muchos amigos, quizás por esa timidez y la barrera del idioma. Su hermana Alina cree que con 13 años es más difícil hacer amigos, «son todavía niños pero a mi mis amigas me entienden más o menos, hay respeto, son gente más educada». «Si Katerina fuera más pequeño o más grande, creo que aprendería más que ahora», afirma y también reconoce que en el instituto no se lo están poniendo fácil.

Con Ucrania en el corazón

El no saber si al día siguiente iban a poder abrir los ojos les hizo salir de allí: «No quería vivir así»

Alina

De las tres, Natalia es la que echa más de menos Ucrania. Allí se quedaron, entre otros familiares, su marido, que está cuidando a su madre porque no puede caminar. Ellas se fueron porque casi no podían «ni comer ni dormir» y el no saber si al día siguiente iban a poder abrir los ojos les hizo salir de allí, «no quería vivir así», dice Alina.

Tienen claro que ahora «es imposible volver y luego yo creo que tampoco», asegura con pesar pero esta chica de 21 años demuestra una gran madurez y cree que tienen que ver las cosas con perspectiva «porque aunque queramos volver si allí no hay nada es muy mal para el corazón, el cerebro y la salud». «Ahora empezamos a vivir en España desde cero», finaliza.

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